#9 · 3 jul
#Nadedades
Allí arriba, en las montañas, aún no había llegado ninguna noticia sobre la inexistencia del ser. Una cabra seguía siendo una cabra, un precipicio seguía siendo algo a lo que temer, y una bocanada de oxígeno requería de la implicación de millones de células y mecanismos que se remontan a millones de años de impertinente evolución. Mas la noticia acabó llegando.
Por nada los sucesos tienden a flotar y poco importa que su peso sea proporcional a su calado. Siempre se extienden hacia la estratosfera. Los aviones que portan la depravación del hombre —el número de mujeres en este trance es nulo por insignificante— tienen que redoblar su esfuerzo por navegar, más allá de los estragos de la gravedad, atravesando la ingente cantidad de constructos e inventivas que desde los tiempos de Heródoto allí se acumulan.
Ahora que la existencia inherente había sido negada, reiterada y difundida a cada cordillera, macizo o sierra, la profunda oscuridad de los magníficos lagos de montaña, formados en los circos glaciares, había perdido parte de su encanto. Las delicadas flores de altura, heroínas contra el viento, el frío o la radiación solar, ya no lo parecían tanto. Las hermosas vistas a horizontes lejanos dejaron de ser un sinónimo de dimensión, para convertirse en pura analogía de la soledad del ser; perdón, el no ser.
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